Epilepsia: tratamiento, causas, síntomas, diagnóstico y prevención

La epilepsia es una afección del sistema nervioso caracterizada por crisis convulsivas recurrentes que afectan temporalmente el conocimiento, los movimientos y las sensaciones de la persona. Las convulsiones epilépticas se producen cuando los ritmos eléctricos normales del cerebro son interrumpidos por potentes y rápidas decargas de energía eléctrica. Se

desconoce la causa de esta enfermedad en la mayoría de los casos, pero se sabe que en algunos enfermos es hereditaria y que ocurre en determinadas familias. La epilepsia no es contagiosa.

El caso de Erin

Sucedió en su fiesta de cumpleaños, cuando Erin, de once años, estaba presta para apagar de un soplido las velitas del pastel. De repente profirió un grito y se desplomó sobre la alfombra. Los brazos y las piernas de la niña empezaron a sacudirse y temblar. Sus amigas la llamaban en voz alta, pero no hubo respuesta. La madre se arrodilló junto a ella y le desabrochó el primer botón de la camisa. En unos instantes, Erin recobró el conocimiento, agotada y un tanto avergonzada al darse cuenta de que sus amigas habían presenciado lo ocurrido. Miedo no tenía, por haber experimentado anteriormente crisis epilépticas parecidas. La madre explicó a las amigas que Erin acababa de sufrir un ataque de epilepsia, pero que en cuanto pudiera reposar un poco volvería a sentirse bien.

¿Qué es la epilepsia?

En el individuo normal, millones de descargas eléctricas se cruzan entre las células nerviosas y llegan a todas partes del organismo. Estas células se “disparan” en forma ordenada y regularizada. En el epiléptico, ciertas células nerviosas hiperactivas emiten bruscas y potentes descargas eléctricas que perturban el funcionamiento normal del cerebro. Durante un ataque como el que experimentó Erin, la células cerebrales pueden disparar hasta cuatro veces más de lo normal, afectando temporalmente la conducta, los movimientos, los pensamientos y las sensaciones de la persona.

Algunos epilépticos saben lo que les provoca las crisis, pero otros no. Muchos de los primeros tienen síntomas premonitorios de inminente crisis: puede precederla un estado de zozobra, angustia o inquietud. A veces el epiléptico presiente el ataque o ve luces titilantes. Pero a pesar de estas señales de advertencia, no puede atajar el ataque.

¿Cuál es la causa de la epilepsia?

Puesto que, como hemos dicho, la epilepsia no es contagiosa, no se puede contraer de otra persona. En un 70 por ciento de los casos, el médico suele describir esta enfermedad como idiopática, que es otra manera de decir que se desconoce su causa. La mayoría de los afectados de convulsiones idiopáticas tienen de 5 a 20 años de edad y no presentan lesiones

o anomalías cerebrales. Pero en muchos casos, sí tienen antecedentes familiares de epilepsia u otras afecciones convulsivas.

Por lo demás, se han identificado como causas de epilepsia las siguientes:

– Lesiones, infección o enfermedad maternas que afectan al feto durante el embarazo.

– Lesiones cerebrales. Aunque pueden producirse a cualquier edad, son más frecuentes en el adulto joven. Estas lesiones a menudo se deben a choques automovilísticos, accidentes deportivos y caídas. También pueden causar epilepsia los golpes y balazos en la cabeza, sobre todo cuando afectan a las membranas y los tejidos. Por regla general, cuanto más grave sea la herida, más posibilidad hay de que provoque crisis epilépticas.

– Tumores y apoplejías. Unos y otras pueden lesionar o irritar el tejido cerebral.

– Anomalías metabólicas. Las complicaciones de la diabetes, insuficiencia renal, intoxicación por plomo, abuso de bebidas alcohólicas o estupefacientes, tanto como el abandono súbito de estos dos últimos, pueden provocar crisis convulsivas.

– Trastornos degenerativos. La apoplejía, las enfermedades cardiovasculares y la enfermedad de Alzheimer son todas posibles causas de epilepsia, especialmente en personas mayores de 65 años.

– Infecciones. La epilepsia puede instaurarse tras una de las principales enfermedades cerebrales: meningitis, encefalitis, absceso cerebral o infecciones graves de cualquier parte del organismo. También conducen a este trastorno, aunque con menos frecuencia, las paperas, el sarampión y la difteria.

– Entre otras causas de la epilepsia figuran las complicaciones del SIDA u otros trastornos inmunitarios, incluso el lupus eritematoso sistémico.

¿Qué es lo que desencadena una crisis epiléptica?

Cualquiera puede experimentar una crisis de epilepsia, pero el epiléptico las experimenta con mayor frecuencia y durante un mayor número de años. En los epilépticos, muchas situaciones que afectan al cerebro pueden provocar una crisis convulsiva. Entre estos factores desencadenantes se cuentan: los cambios hormonales, como los que se producen durante el ciclo menstrual o durante el embarazo; el hambre, el cansancio agotador o la privación del sueño; ritmos sonoros, táctiles o luminosos acelerados (sobre todo las luces estroboscópicas). La crisis epiléptica no constituye una emergencia clínica. Ahora bien, si la persona entra en el llamado status epilepticus (en el que la crisis convulsiva dura más de 30 minutos, o cuando se producen dos crisis en rápida sucesión), el trastorno puede resultar peligroso para la vida. Convendrá buscar asistencia médica inmediatamente.

¿En qué se diferencian las crisis?

A veces se cree equivocadamente que los epilépticos, a juzgar por el aspecto que presentan tanto durante la crisis como después, están borrachos, drogados o padecen alguna enfermedad mental. Las crisis epilépticas presentan distintos síntomas según el lugar del cerebro donde se originan y la forma en que la descarga eléctrica se propaga de un hemisferio del cerebro al otro. Estas crisis se pueden dividir en dos clases: las generalizadas y las parciales.

Crisis generalizadas En éstas, las convulsiones afectan a las células nerviosas de toda la corteza cerebral (la parte más externa del cerebro, de aspecto parecido al de la coliflor). Las convulsiones generalizadas más comunes son:

– La convulsion tónico-clónica generalizada (llamada

anteriormente “gran mal”). En la fase tónica de esta crisis, el

individuo a menudo pierde el conocimiento, se desploma al suelo y lanza un grito, a medida que el aire pasa forzadamente a través de las cuerdas vocales. En la fase clónica, los músculos corporales pueden contraerse al unísono o en una serie de contracciones rítmicas lentas que causan sacudidas como las que experimentó Erin. Por lo regular, esta clase de crisis dura un minuto o dos y le sigue un período de relajamiento, somnolencia y, posiblemente, dolor de cabeza. A menudo también hay incontinencia de esfínteres en esta clase de ataque.

Crisis de ausencia (antes conocida por “pequeño mal”). En esta crisis epiléptica, la pérdida del conocimiento es de duración tan breve que el paciente no llega ni a cambiar de posición. Es posible que mire fijo pero inexpresivamente, con rápido parpadeo, o que haga con la boca gestos masticatorios. Los músculos faciales y las pestañas tal vez le tiemblen rítmicamente. Las crisis de ausencia son a menudo de origen genético y se producen principalmente en los niños.

Crisis parciales Son las circunscritas a una región de la corteza cerebral. Entre estas crisis figuran las siguientes:

– Crisis parcial simple. En ella, los mensajes cerebrales relacionados con la crisis siguen siendo muy localizados y el paciente permanece despierto y alerta. Los síntomas varían según la zona del cerebro afectada. Puede que incluyan espasmos de determinadas partes del cuerpo, síntomas emocionales como miedo inexplicable, percepción de olores anormales o náuseas.

– Crisis parcial compleja. La persona afectada pierde la conciencia de su entorno y no reacciona o sólo reacciona parcialmente. Tal vez tenga la mirada fija e inexpresiva, gestos masticatorios, degluciones repetidas u otras actividades fortuitas. Pasada la crisis, el paciente no recuerda haberla experimentado. En algunos casos, el individuo que la ha sufrido de repente está confuso, empieza a buscar cosas a ciegas, a caminar sin rumbo fijo o a repetir palabras o frases inapropiadas.

Diagnóstico

Como no todo el que sufre una crisis convulsiva es necesariamente un epiléptico, el médico debe determinar la causa mediante el examen físico y el interrogatorio (anamnesis) en busca de antecedentes clínicos, que debe abarcar toda crisis experimentada hasta la fecha. Habrá que evaluar los factores de riesgo, tales como la privación del sueño y el consumo de bebidas alcohólicas, así como toda lesión en la cabeza, crisis convulsivas de la niñez o antecedentes familiares de convulsiones.

También interesará al médico conocer si el paciente ha experimentado un aura epiléptica, lo que en caso afirmativo ayudaría a confirmar

el diagnóstico y a veces permite localizar el foco de la crisis. El médico preguntará también al paciente acerca de la naturaleza de los movimientos observados durante la crisis.

Si se determina que el paciente ha sufrido una crisis epiléptica, el paso siguiente consistirá en identificar la clase de que se trata. El primer estudio de que se valen los médicos para esto es el electroencefalograma, conocido comúnmente por su sigla EEG. Se realiza mediante un aparato pue registra las corrientes eléctricas que surcan el cerebro y puede detectar la actividad eléctrica anormal. Si el EEG no pone de manifiesto la actividad epiléptica o si del examen o antecedentes clínicos del paciente se desprenden otras posibilidades, el médico tal vez quiera recurrir a otras clases de exploraciones, como la TC (tomografía computada) o la RMN (resonancia magnética nuclear).

Tratamiento

En el tratamiento de esta enfermedad se persiguen tres metas: eliminación de las crisis o por lo menos reducción de su frecuencia, evitación de los efectos secundarios del tratamiento medicamentoso a largo plazo y mantenimiento o restauración de las actividades normales de la vida cotidiana.

Medicamentos La mayoría de los casos de epilepsia se pueden dominar total o parcialmente con anticonvulsivantes, si bien algunos trastornos convulsivos en los lactantes y en la primera infancia tal vez no respondan bien a los medicamentos. Si el paciente no ha sufrido accesos

de epilepsia desde hace varios años, el médico podría reducir o incluso eliminar totalmente las medicinas. En muchos casos, sin embargo, la epilepsia sigue siendo una afección crónica que dura toda la vida si no se combate con medicamentos que garanticen su remisión o su cura permanente.

Intervenciones quirúrgicas Si el tratamiento a base de medicinas no surte efecto, se puede recurrir a una operación para extirpar las células lesionadas que originan las crisis parciales. Para ello es preciso que el tejido afectado esté concentrado en una zona pequeña del cerebro, y el cirujano ha de poder extirparlo sin dañar la capacidad mental o la personalidad del paciente. Y aunque esta operación se ha practicado con éxito en personas adultas, el resultado suele ser mejor en los lactantes y niños pequeños.

Dieta Se está reactualizando un régimen dietético (vigilado por el médico, de alto contenido de grasas y calorías) que se abandonó cuando empezaron a usarse los tratamientos medicamentosos. Hay quien cree que se puede atajar la epilepsia con una dieta que produzca cetosis, proceso en que el organismo utiliza las grasas (en vez de la glucosa) como combustible para producir energía. La dieta cetogénica se recomienda a veces para los niños que no responden al tratamiento normal.

Biorretroalimentación Esta forma de tratamiento ha beneficiado a ciertos pacientes cuando se usa en combinación con otras terapias. En la biorretroalimentación se utilizan aparatos electrónicos para visualizar las ondas cerebrales, la tensión arterial, la frecuencia cardíaca y la temperatura de la piel del paciente. Estas imágenes y datos se “retroalimentan” al paciente (es decir se le dan a conocer), a quien debe habérsele enseñado de antemano métodos de alterar las funciones corporales visualizadas, a fin reducirlas a niveles más bajos y relajados.

Nuevos tratamientos La investigación de la epilepsia es un campo muy activo. En la actualidad se está poniendo a punto una técnica que parece prometedora, denominada estimulación vagal (del nervio vago).

Medidas preventivas

Con ser tantos los casos de epilepsia de origen desconocido, todavía no se han establecido directrices de prevención. Se sabe, no obstante, que todo lo que sea capaz de lesionar al cerebro puede provocar crisis epilépticas. Teniendo esto en cuenta, cabe destacar las siguientes medidas precautorias y costumbres saludables:

– en un vehículo automotor, no deje nunca de abrocharse el cinturón de seguridad ni de observar los límites de velocidad;

– póngase siempre casco u otra protección de la cabeza para patinar en hielo, montar en bicicleta o moto y participar en deportes;

– tome los medicamentos solamente tal y como se prescriben;

– vacune a los niños contra las enfermedades infecciosas.

Adaptación a la epilepsia

La mayoría de los epilépticos pueden llevar vida normal y activa, aunque tendrán que observar unas cuantas restricciones para su seguridad. Antes de que se le permita conducir vehículos automotores, el epiléptico deberá haber estado asintomático durante un determinado período, cuya duración le señalarán las respectivas autoridades. En los Estados Unidos se prohibe a los epilépticos sin previa regularización de su enfermedad conducir vehículos automotores.

La persona que sufre crisis convulsivas debe abstenerse de trabajar a grandes alturas, con maquinaria peligrosa o en ambientes submarinos. Para evitar el riesgo de ahogarse durante una crisis, las duchas resultarán menos peligrosas que las bañeras, y nadar con un grupo de gente en una piscina o un lago es más seguro que nadar a solas.

Los epilépticos corren también el riesgo de sufrir depresión. En parte, la depresión puede deberse a la pérdida de movilidad, o ser resultado de prejuicios contra el niño epiléptico manifestados en la escuela o contra el obrero en su puesto de trabajo por quienes temen o no entienden la naturaleza de esta afección. Los padres pueden extremar tanto la protección de sus hijos epilépticos, que los alejan de las actividades normales de la niñez. Es, además, bastante común entre los adolescentes deprimidos no tomar los medicamentos a la hora indicada por el médico, lo que incrementa su riesgo de experimentar accesos adicionales. En ciertos individuos, el alcohol aumenta también el riesgo de nuevas crisis, y la mezcla de alcohol con anticonvulsivantes puede ser mortífera.

El conocimiento de la epilepsia en sus múltiples aspectos y el proporcionar un ambiente positivo, en el cual el tratamiento se convierta en parte de la vida cotidiana, pueden ser de gran utilidad para el epiléptico y para sus familiares.

Fuentes

Epilepsy Foundation, 4351 Garden City Dr., Landover, MD, 20785 Telephone (301)459-3700 Toll-Free (800)332-1000

http://www.epilepsyfoundation.org/; www.efa.org

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