Medicamentos para las infecciones

Las infecciones son otro de los grandes males de la humanidad, responsables de millones de muertes a lo largo de la historia. Todavía en la actualidad, a pesar de los grandes avances de la industria farmacéutica, causan muchos problemas en el mundo occidental y muchas muertes en los países del llamado tercer mundo. Solamente el paludismo, una enfermedad muy frecuente en países tropicales y subtropicales, lleva a la muerte a millones de personas cada año. Pero no es necesario viajar tan lejos, puesto que en los países occidentales las infecciones también crean problemas: sida, gripe, neumonía, meningitis, resfriados, infecciones por hongos y un largo etcétera. Disponemos de medicamentos muy eficaces contra las infecciones, especialmente contra las producidas por bacterias, y los laboratorios investigan continuamente nuevos productos. Sin embargo, todavía no se ha ganado la guerra, solamente algunas batallas. Por otra p arte, los potentes antibióticos actuales también son fuente de problemas. Existen varios tipos de microbios responsables de una infección: las bacterias, los virus, los hongos y los parásitos. ¿Qué diferencia hay entre estos microbios? Una bacteria es un microbio que sólo tiene una célula, pero puede vivir por sí solo porque posee los elementos necesarios que le permiten transformar lo que ingiere en energía para sus actividades y en materiales para formarse; también tiene lo necesario para reproducirse. En cambio, un virus no tiene todos estos elementos y necesita introducirse dentro de una célula viva (de una persona, un animal o un vegetal, según el virus) para utilizar los elementos necesarios para conseguir la energía y los materiales de su estructura; el virus sólo tiene una envoltura y el material genético que le permite reproducirse, pero para ello precisa que la célula que infecta le fabrique el material. Un hongo también es una célula, pero algo más desarrollada que una bacteria. Y un parásito puede ser una célula grande y compleja o un pequeño animal completo (una lombriz, por ejemplo) . No se puede tratar una infección causada por u n hongo con un fármaco destinado a matar una bacteria, porque no le causará ningún daño. De la misma manera, el virus del resfriado es del todo inmune a los antibióticos, porque estos sólo sirven para matar bacterias. Es como intentar atrapar renacuajos con una red p ara pescar atunes: imposible. Otro aspecto importante que tenemos que considerar es que nuestro organismo tiene muchos microbios «amigos» que viven en su superficie y en su interior; son bacterias beneficiosas para nosotros, ya que nos protegen de la invasión de otros microbios perjudiciales y, además, producen sustancias que necesitamos, como algunas vitaminas. Los médicos llaman a estos conjuntos de bacterias «flora saprofita». Existe la flora intestinal, que vive en el intestino, la flora bucal, que está en la boca, la flora vaginal, en la vagina, la flora cutánea, en la superficie de la piel, etc. En algunos lugares, no hay ni debe haber bacterias, como en los riñones y las vías urinarias, los pulmones, el sistema circulatorio y, en general, en todos los órganos y tejidos internos. Esta flora es importante para la salud y resulta perjudicada siempre que se emplean antibióticos, con motivo o sin él. Si el tratamiento antibiótico está justificado, por una infección susceptible de ser tratada con este tipo de medicamentos, el perjuicio que causamos a nuestros microbios «amigos» tiene un motivo que justifica el daño, pero si empleamos antibióticos cada dos por tres y sin un verdadero motivo, la flora va disminuyendo gradualmente y al final surgen problemas: pueden aparecer infecciones por otros microbios peligrosos y se dejan de fabricar ciertas sustancias que nuestro organismo necesita. Otro problema importante es la resistencia de los microbios a los medicamentos. Las bacterias son capaces de hacerse resistentes a los antibióticos, de forma que, a la larga, no les causan ningún efecto. En la actualidad ya existen muchos microbios resistentes a la penicilina, por ejemplo, de manera que este antibiótico muchas veces no puede emplearse. Éste es otro motivo importante para no usar los antibióticos de manera indiscriminada. Las resistencias hacen que, cuando aparece una infección verdaderamente grave, los médicos puedan tener problemas para encontrar un antibiótico eficaz; y si no lo hallan, el enfermo puede morir. El tratamiento con este grupo de medicamentos es muy estricto. Deben tomarse siguiendo las indicaciones del médico y nunca como automedicación. Su uso se prolongará todo el tiempo necesario, sin poder introducir cambios ni acortar el tiempo de tratamiento. Si las tomas son cada ocho horas, no se puede administrar una dosis y repetirla al cabo de seis horas, ni al cabo de diez; tiene que ser a las ocho horas. Si el tratamiento debe durar siete días, no puede suspenderse al cabo de cuatro con la excusa de que los síntomas han desaparecido; deben completarse los siete días. Este aspecto es muy importante, porque de otro modo, las infecciones quedan mal curadas y pueden reaparecer al cabo de cierto tiempo. Existen dos grandes tipos de antibióticos: los que matan a las bacterias por sí mismos, que se llaman <

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