Hepatitis: tratamiento, causas, síntomas, diagnóstico y prevención

Es la inflamación del hígado, trastorno que daña a las células hepáticas. Suele ser causada por el virus de la hepatitis A, B o C, pudiendo presentar carácter agudo o crónico, leve o sumamente grave. Otros gérmenes pueden también provocar hepatitis, al igual que ciertas sustancias químicas tóxicas o incluso determinadas medicinas.

¿Qué es la hepatitis?

El hígado, de color rojo y forma de cuña, está situado en la parte superior del abdomen. Es el órgano interno más grande del ser humano y el que más funciones desempeña: se deshace de sustancias tóxicas provenientes de los alimentos, elimina las células sanguíneas viejas, contribuye a la labor de digerir las grasas, produce los factores químicos de la coagulación de la sangre y asegura que la sangre lleva a todas las células del cuerpo un suministro equilibrado de grasas, azúcares y aminoácidos (materiales de construcción de las proteínas).

Al ser tan complejo, el hígado puede presentar una amplia gama de problemas, muchos de los cuales se conocen como “hepatitis,” término que significa inflamación hepática.

La hepatitis se debe a multitud de causas: abuso del alcohol, sobre-dosis o efectos secundarios de los medicamentos, inhalación de humos y vapores tóxicos o problemas relacionados con el sistema inmunitario. Puede también atribuirse a infección por una diversidad de microbios.

La mayor parte de las hepatitis son causadas por virus de la hepatitis del tipo A, B o C. Cada uno de estos virus es capaz de provocar hepatitis viral aguda, una inflamación del hígado que normalmente dura de 4 a 6 semanas. Habitualmente, la persona que sufre hepatitis viral aguda se siente agotada y tanto el cutis como el blanco de los ojos adquieren una coloración amarillenta, trastorno conocido como ictericia. En raras ocasiones, la hepatitis viral aguda provoca una hepatitis fulminante, que hace peligrar la vida del enfermo; pero generalmente son leves, y la persona se recobra sin necesidad de atención especial. A menudo la hepatitis viral no presenta ningún síntoma.

Las hepatitis de tipo B y C, sin embargo, pueden producir también daños a largo plazo. Alrededor del 75 al 85 por ciento de las personas infectadas por el virus C (y del 5 al 10 por ciento de los infectados por el virus B) son incapaces de combatir el virus. Sufren recaídas periódicas, lo que significa que el virus ha permanecido activo en su organismo más de 6 meses. En la mayor parte de los casos la infección persiste durante décadas.

Como el hígado es un órgano voluminoso y resistente, generalmente puede seguir funcionando bien, a pesar del virus. De hecho, la mayoría de las personas con hepatitis crónica llevan vida normal y no siempre saben que son portadoras del virus. Pero al cabo de 10, 20, 30 años o más, algunas personas con infecciones crónicas tendrán graves daños hepáticos, como la cirrosis con retracción cicatricial (endurecimiento del hígado). Estos enfermos desafortunados tienen un riesgo mucho mayor que el normal de contraer una clase de cáncer de hígado denominado carcinoma hepatocelular. Tanto la cirrosis como el cáncer de hígado son complicaciones graves y a menudo mortales.

En los Estados Unidos, la hepatitis C es la segunda causa de lesiones (daños) hepáticas, después del alcoholismo, y es el motivo principal de trasplantes hepáticos. La hepatitis C es menos susceptible que la hepatitis B de ocasionar una enfermedad aguda perceptible, por lo que la mayoría de los infectados ni saben que la han contraído, aunque tiene mayor tendencia a producir una infección crónica.

Se cree que la hepatitis C ha infectado a 170 millones de personas en todo el mundo, y las autoridades sanitarias temen que será un problema de salud pública muy importante en el futuro. Con todo, la HVC (hepatitis por virus C) no es tan conocida como muchas otras enfermedades que son menos frecuentes. El virus no se identificó hasta 1988, y queda todavía mucho por averiguar acerca de su comportamiento. Aparentemente, uno de sus efectos es hacer al alcohol todavía más tóxico para el hígado: muchas personas con lesiones hepáticas debidas al alcohol tienen también la hepatitis C.

Además de los tipos A, B y C, los científicos han descubierto otros tres virus menos conocidos causantes de hepatitis:

– El de la hepatitis D, que parece ser compañero de fatigas del de la hepatitis B. Se encuentra sólo en las personas que ya tienen hepatitis B, a las que hace aún más enfermas

– El de la hepatitis E, que se da únicamente en los países en desarrollo. Se parece al de la hepatitis A en que sólo produce una enfermedad de corta duración, pero puede ser más peligrosa, sobre todo en mujeres embarazadas. Se transmite a traves de la ingestión de agua contaminada, a menudo tras inundaciones por aguas que contienen materia fecal.

– En 1966 se identificó el virus de la hepatitis G, pero no está todavía muy claro si es capaz de causar alguna enfermedad.

– También hay algunos indicios de la existencia del virus de la hepatitis F, pero los científicos no están seguros.

¿Cómo se propaga la hepatitis A?

De cuando en cuando, el periódico local informa de un brote de hepatitis. A menudo, los noticiarios dicen que los que comieron en un restaurante particular o asistieron a una determinada guardería infantil en las últimas semanas deben consultar al médico con fines preventivos relacionados con esta infección.

El virus de la hepatitis A es el causante de este tipo de brote epidémico. Llamada a veces hepatitis infecciosa, la hepatitis A es sumamente contagiosa, pero casi nunca deja daños permanentes. En Estados Unidos la hepatitis A suele propagarse en guarderías a los niños de la primera infancia y a sus padres. La vía de propagación es la que los médicos denominan “orofecal.” Es decir, el virus contenido en las heces de la persona infectada llega, de alguna manera, a la boca de otro u otros. Esto sucede, por ejemplo, si el que cambia un pañal o el que usa el retrete no se lava las manos y luego se pone a preparar o servir comidas. A lo mejor, un pequeñín recoge la taza o el chupete de otro. Por otra parte, las aguas residuales que no han sido tratadas químicamente pueden contaminar el suministro de agua potable. Los mariscos procedentes de aguas contaminadas propagan el virus si se comen crudos o poco cocinados.

Una vez que las personas se recuperan de la hepatitis A, no tienen necesidad de preocuparse más del problema. Dejan de ser “portadores” del virus y no pueden infectar a otros.

¿Cómo se previene la hepatitis de tipo A?

Una buena higiene, incluido el lavado de manos después de ir al retrete y antes de tocar cualquier comida, puede impedir el contagio por la hepatitis A.

También hay disponible una vacuna contra la hepatitis A que se recomienda para los niños y adultos que viajan a países en desarrollo, para niños que vivan en comunidades con altas tasas de hepatitis A (como las

de los aborígenes norteamericanos) y para niños que viven en estados o provinicias con niveles de esta enfermedad más elevados de lo común.

Una vez que una persona se expone al virus, puede prevenir todavía la hepatitis A con una inyección de inmunoglobulina, sustancia que potencia al sistema inmunitario. Pero la inmunoglobulina debe aplicarse dentro de las dos semanas de haber sido expuesto al virus.

¿Cómo se propagan las hepatitis tipos B y C?

Principalmente por contagio con la sangre de una persona infectada. Los enfermos crónicos de hepatitis B o C son “portadores,” lo cual significa que pueden contagiar a otras personas aun cuando ellos no tengan síntomas de hepatitis.

En los Estados Unidos, estos dos virus (B y C) se suelen propagar entre drogadictos que comparten el uso de agujas para inyectarse en una vena. Por ejemplo, se cree que alrededor del 90 por ciento de los que se inyectan drogas ilícitas por vía intravenosa están infectados de hepatitis C.

El pinchazo accidental con una aguja hipodérmica, riesgo común entre los que atienden a los enfermos, constituye otra manera de propagar estos virus. Lo mismo puede suceder con los trasplantes de órganos, tatuajes, perforaciones de partes del cuerpo para adornos y el compartir navajas de afeitar, cepillos de dientes y otros objetos manchados superficialmente con pequeñas cantidades de sangre.

Las transfusiones con sangre infectada eran antes la principal causa de contagio infeccioso. Los que sufren de hemofilia, enfermedad caracterizada por problemas de coagulación de la sangre, tenían especial propensión a las infecciones cuando recibían transfusiones de productos sanguíneos obtenidos de una gran diversidad de donantes. Hoy en día, sin embargo, tanto los donantes como su misma sangre son objeto de examen cuidadoso en busca del virus de las hepatitis C y B, por lo que el riesgo de contagiarse a causa de una transfusión es sumamente bajo. Pero todo el que recibió transfusiones antes del mes de julio de 1992 necesita ser examinado para determinar si tiene o no la hepatitis C.

La hepatitis B es más contagiosa que la hepatitis C. También es más contagiosa que el VIH, el virus causante del sida. La hepatitis B se transmite fácilmente por contacto sexual. Las mujeres y los hombres que mantienen relaciones sexuales con muchas parejas, especialmente los homosexuales, corren mayor riesgo de contraer este tipo de hepatitis.

Hay menor probabilidad de contagio de la hepatitis C por contacto sexual, aunque no se sabe a ciencia cierta con qué facilidad se propaga por ese medio. En varios estudios realizados con matrimonios en los que el esposo o la eposa tienen hepatitis C, ninguno de los dos cónyuges parecía tener un mayor riesgo de contraerla. Pero aquéllos que tienen contacto sexual con diferentes parejas sí parecen correr más riesgo de contagiarse. Las mujeres, al parecer, se contagian más fácilmente de la hepatitis que los hombres.

La hepatitis B, y con mucha menos frecuencia la hepatitis C, puede asimismo transmitirse de madres infectadas a sus hijos recién nacidos.

Por último, en más del 10 por ciento de los casos de hepatitis C no se conoce ninguna causa obvia de contagio. Es posible que todavía quede por identificar alguna modalidad de transmisión desconocida.

En cambio, no existe evidencia de que la hepatitis B o la C se transmitan por el aire, el agua o los alimentos. Una persona no puede contagiarse por acercarse a otra persona que esté infectada o por abrazarla; tampoco contraer la infección en el trabajo o en la escuela o por nadar en una misma piscina con personas infectadas.

¿Cómo se previene la hepatitis B?

Existe una vacuna contra la hepatitis B. Desde 1991, las autoridades sanitarias de Estados Unidos han recomendando que todo recién nacido reciba las tres inyecciones necesarias. Todos los niños de 11 o 12 años de edad deben ser vacunados si no lo fueron cuando recién nacidos. Las citadas autoridades confían en que la vacuna permita eliminar esta enfermedad en la generación más joven del país.

Esta vacuna también se recomienda para todo aquel que tenga un mayor riesgo contraer la hepatitis B. Entre ellos se encuentran los profesionales de la salud, los que han tenido contacto sexual con múltiples compañeros o compañeras; y cualquiera que conviva con una persona infectada de hepatitis B, que haya tenido contacto sexual con ella o que la tenga bajo su cuidado.

Una vez la persona ha sido expuesta a la hepatitis B, el tratamiento inmediato con la inmunoglobulina antihepatítica y la vacuna, puede impedir la infección. Cuando las madres tienen hepatitis B, el tratamiento inmediato del recién nacido puede evitar que el bebé contraiga la hepatitis.

Los que no han sido vacunados pueden prevenir la hepatitis B si no tienen relaciones sexuales sin protección, si usan condón y si se abstienen de inyectarse drogas intravenosas.

Además, conviene evitar el contacto con la sangre de otros. No debe compartirse el uso de maquinillas de afeitar, cepillos de dientes, o todo otro artículo que tenga el menor indicio de sangre. Las personas infectadas deberán cubrir cualquier herida y desechar o lavar cualquier ropa o toalla higiénica que pueda contener sangre personal.

¿Cómo se previene la hepatitis C?

No existe una vacuna contra la hepatitis C, ni tampoco hay ningún tratamiento fiable tras la exposición al virus. La prevención consiste en no compartir agujas hipodérmicas, evitar todo contacto con la sangre de otros y usar condones, de la misma forma que para la hepatitis B.

Síntomas

La hepatitis aguda puede ocasionar inapetencia, náuseas, vómito, cansancio, fiebre, ictericia, orina oscura (coluria), dolor abdominal, artritis

(dolor de las articulaciones) y erupciones cutáneas (sarpullido). A menudo los síntomas son tan leves, que pasan desapercibidos.

El período de incubación de la hepatitis A es de 15 a 45 días; el de la hepatitis C, de 15 a 150; y el de la hepatitis B, de 50 a 180.

La hepatitis crónica puede causar inapetencia, sensación de cansancio, fiebre muy leve (febrícula) y malestar general. También en este caso, es frecuente la ausencia de síntomas.

Si la enfermedad daña el hígado, se pueden producir otros síntomas como debilidad, pérdida de peso, picazón de la piel, agrandamiento del bazo (esplenomegalia), acumulación de líquido en el abdomen (ascitis), y la aparación de una red de vasos sanguíneos rojos que se transparen-tan bajo la piel.

En casos graves, pueden producirse hemorragias muy copiosas en el estómago y el esófago, que exigirán tratamiento de urgencia. Si el hígado ya no es capaz de eliminar las toxinas de los alimentos, puede afectarse el cerebro y causar letargo, confusión e incluso coma.

Diagnóstico

La hepatitis viral se identifica por los síntomas y por varios tipos de análisis de sangre. La medición de los niveles sanguíneos de las enzimas hepáticas indica si hay inflamación del hígado. Si está inflamado, se intentará descubrir con análisis de sangre si hay indicios específicos de hepatitis B o C. Además, estos análisis permitirán diferenciar entre los casos agudos y los crónicos.

En la hepatitis crónica el médico trata de averiguar, por medio de una biopsia, si el hígado está dañado. Esta prueba se hace atravesando la piel con una aguja hueca que recoge una muestra de tejido del hígado para su examen microscópico.

En muchos casos, el primer indicio de hepatitis se obtiene por medio de un análisis de sangre rutinario en el que aparecen señales de anormalidad del hígado. En otros casos, la persona trata de donar sangre y es rechazado después de un análisis sanguíneo.

Tratamiento

Para la hepatitis aguda no hay tratamiento específico. En casos graves, es necesario a menudo hospitalizar al enfermo para que pueda recibir los líquidos necesarios, mantener vigilada la fiebre y contar con los debidos cuidados de enfermería.

Para la hepatitis viral crónica, el principal tratamiento ha sido, desde hace años, el interferón alfa, sustancia natural que interfiere con la capacidad de los virus para reproducirse. Este tratamiento requiere inyecciones 3 veces a la semana durante por lo menos 6 meses, y con frecuencia produce síntomas falsos de gripe u otros efectos secundarios todavía más intensos. Suele haber recaídas después del tratamiento, lo cual quiere decir que el virus no se ha eliminado completamente.

Ahora bien, en años recientes la investigación científica ha puesto a nuestro alcance tratamientos prometedores. Un fármaco denominado la-mivudina (conocido también como 3TC), destinado originalmente a la terapia de las infecciones por VIH, parece ser también eficaz para el tratamiento de la hepatitis B crónica. En cuanto a la hepatitis C crónica, la asociación de dos sustancias, el interferón alfa y el fármaco ribavirina, es al parecer más eficaz que el interferón alfa solamente. Además, se están investigando varios tratamientos más.

Los que padecen de hepatitis crónica necesitan ser vigilados detenidamente por su médico, que tal vez quiera examinarlos una o dos veces al año. Les hará análisis de enzimas hepáticas para determinar el estado funcional del hígado, y es posible que ordene otros análisis de sangre, ecografías o incluso biopsias del hígado para evaluar la posibilidad de cáncer.

En casos de cirrosis o de cáncer de hígado, a veces el trasplante de hígado es la única posibilidad de tratamiento. Consiste en la sustitución del hígado enfermo por otro sano extraído de una persona que ha fallecido. Si se llega a tiempo con el trasplante, cosa que no siempre es factible, por lo general el resultado es satisfactorio, aunque a la larga el virus puede dañar también el nuevo hígado.

Convivencia con la hepatitis crónica

La mayoría de los afectados de hepatitis crónica hacen vida normal. Asisten a la escuela, practican deportes, trabajan, tienen hijos y viven como cualquiera otra persona.

No obstante, no deben recargar el hígado. Según la opinión de la mayoría de los expertos, eso significa que no deben consumir bebidas alcohólicas. y sí abstenerse de tomar medicamentos comunes de venta libre o hierbas medicinales, a menos que el médico los apruebe específicamente con anterioridad. Tampoco deben usar drogas ilícitas. En la mayoría de los casos, les conviene que se vacunen contra las hepatitis A y B, si no tienen ya esas infecciones.

Como suele suceder con otras enfermedades crónicas, los que padecen de hepatitis a menudo manifiestan sentimientos de profunda pena, preocupación y aislamiento. Los hay que se sienten estigmatizados por la asociación de la enfermedad con el abuso de drogas, aunque existan otras maneras de contraerla. Como el común de la gente no sabe mucho acerca de la hepatitis, los amigos e incluso los familiares pueden abrigar temores infundados de contagio y tratar de distanciarse de la persona infectada. El asesoramiento psicológico para toda la familia a veces es muy útil.

La enfermedad en sí, y a veces su tratamiento, pueden dar lugar a cansancio y depresión. Los enfermos necesitarán el apoyo de familiares y amigos, buscar tratamiento para su depresión, o modificar sus actividades diarias para no esforzarse demasiado. En la actualidad hay numerosos grupos que ofrecen consejos, apoyo y solidaridad para los enfermos de hepatitis crónica.

Fuentes

Hepatitis Information Network, 2235 Sheppard Ave. E,

Toronto, ON, Canada M2J 5B5 Telephone (416)491-3353 Toll-free (800)563-5483 Facsimile (416)491-4952 http://www.hepnet.com/

U.S. Centers for Disease Control and Prevention,

1600 Clifton Rd., Atlanta, GA 30333 Telephone (404)639-3534 Telephone (404)639-3311 Toll-free (800)311-3435 Information Hotline (888)-232-3228 Office of Public Inquiries (800)311-3435 Hepatitis Information Line (888)-443-7232 TTY (404)639-3312 http://www.cdc.gov/

World Health Organization, 525 23rd St. NW,

Washington, DC 20037 Telephone (202)974-3000 Facsimile (202)974-3663 Telex 248338 http://www.who.int/

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